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jueves, 30 de junio de 2011

EL ALGUACIL PREGONERO


Una figura omnipresente e imprescindible en la vida cotidiana de los pueblos hasta fechas recientes  fue la del alguacil pregonero. La función principal de este empleado municipal era  hacer públicos por calles y plazas los bandos, edictos, ordenanzas y acuerdos que emanaban del ayuntamiento, poniéndolos en conocimiento de los vecinos de la localidad. En 1832, los lugares  de la villa de Aspe donde el alguacil pregonero debía vocear sus anuncios eran los siguientes:

1.       El itinerario de nuestro personaje comenzaba en la Plaza Mayor. Con repique de tambor,  el pregonero anunciaba  su presencia y la eminencia de su pregón (el ayuntamiento decidió sustituir el tambor por el clarín en 1844).

2.       El siguiente punto de su recorrido era la Plaza de la Fruta, denominación desaparecida hace tiempo que designaba el espacio  público existente entre el Arco del Ayuntamiento y la plaza de los Álamos (actual Avenida de la Constitución). En la Plaza de la Fruta se colocaba parte del mercado que se celebraba en Aspe cada martes  y en ella se encontraba la Casa-Hospital de la villa.

3.       De allí el pregonero se dirigía a la siguiente ubicación, el puesto conocido como de los Puentecicos en los aledaños del Puente del Baño.

4.       Luego iba a situarse frente a la puerta de la casa de Antonio Torres en la calle Cantarerías (en nuestros días calle San Pascual).

5.       Marchaba a continuación hacia el “puente” (acueducto de la acequia del Fauquí) que había en la calle de las Parras.

6.       El siguiente pregón tenía lugar en la Plazuela de San Juan.

7.       Se dirigía después a las cuatro esquinas del Portal (aproximadamente en el lugar donde hoy se encuentra el escudo de la villa de Aspe en el pavimento de la calle Mayor).

8.       Seguía el Puente del Calvario en la calle de Orihuela. Junto al puente estarían las ruinas de una pequeña fortificación  conocida en el pueblo como castillo del Calvario.

9.       Continuaba su itinerario colocándose frente a la ermita de la Purísima Concepción.

10.   De la ermita marchaba a la intersección de la calle del Lobo (calle san Luis) y Conde.

11.   Luego a las esquinas de la Cruz (la calle más populosa del pueblo) y Vereda.

12.   De este sitio a la calle Nueva.

13.   A las esquinas de la calle de la Iglesia y san Rafael.

14.   A la esquina de Santa Bárbara y Reina.

15.   Esquina de la calle de las Nieves y Alicante (Santa Faz).

16.   El penúltimo puesto correspondía al Hondo de san Roque (Sacramento). Este santo era el abogado protector contra la peste, el cólera y  todo tipo de epidemias.

17.   El pregonero terminaba su “carrera” en la calle Empedrada, cuyo nombre actual es Genaro Candela.

viernes, 1 de octubre de 2010

Vivir... y morir.

"Partimos cuando nacemos,            
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos
descansamos."

   La esperanza de vida en la región valenciana en torno a 1860 se situaba en los 26,61 años. En el siglo XIX la tasa de mortalidad era muy elevada. Las carencias médico-sanitarias y los malos hábitos higiénicos de la mayor parte de la población no favorecían aún la mejora de los niveles de supervivencia.
En Aspe existía un hospital situado en la antigua “Plaza de la Fruta”, a espaldas del Ayuntamiento, en el lugar que hoy ocupa la farmacia del “Boticario”. Era un establecimiento antiguo y de escasa capacidad que no reunía las suficientes condiciones sanitarias ni contaba con los medios y el instrumental adecuados. Según el cuadro estadístico de 1840, la villa tenía dos médicos y cuatro cirujanos para atender a una población de 1.600 vecinos (unos 7.200 habitantes al aplicar el coeficiente 4,5).
Remontémonos al año 1841. El registro civil de muertos de la villa de Aspe recoge para este año 153 fallecidos. Es un año normal, sin incidencia de epidemias. Los  niños muertos menores de tres años suman casi la mitad del total de defunciones: 74 individuos (48%). En la mayoría de los casos se señala como causa de la muerte la alferecía, un tipo de enfermedad que afectaba especialmente a la infancia, caracterizada por fuertes convulsiones, pérdida del conocimiento e identificada a veces con la epilepsia. El verano y las altas temperaturas incrementaban los niveles de mortalidad infantil, mientras que los rigores del invierno aumentaban las muertes entre la población adulta. Hay registrados 30 fallecimientos de niños menores de tres años durante el estío.
Normalmente, en los registros de defunciones se señala la enfermedad o la causa que provocó la muerte del individuo. Para Aspe, en 1841, pueden extraerse los siguientes datos:

-    Por alferecía: 75 fallecidos.
-    Por pulmonía: 15.
-    Por calenturas: 12.
-    Apoplejía: 12.
-    Vejez: 9.
-    Pasmo: 5.
-    Sobre parto: 3.
-    Tisis – Tuberculosis: 3
-    Garrotillo: 2.
-    Tabardillo: 2.
-    Hemorragia: 2.
-    Cólera morbo asiático: 1.
-    Dolor de costado: 1.
-    Diarrea: 1.
-    Hidropesía: 1.
-    Fístula maligna: 1.
-    Tercianas: 1.
-    Por ahogamiento: 1 (una niña de seis años).
-    Otras: 7.

martes, 24 de noviembre de 2009

SEPTIEMBRE, 1936.



Tras la Guerra Civil, el régimen del general Franco encargó al Ministerio Fiscal la misión de instruir un proceso informativo conocido como Causa General sobre la actividad represiva y los hechos delictivos cometidos por el llamado bando republicano. El largo proceso acumuló una abundantísima documentación que hoy se conserva en el Archivo Histórico Nacional.

Según la Causa General el asalto, saqueo y destrucción de los edificios dedicados al culto se produjo en la localidad de Aspe en septiembre de 1936[1]. Los establecimientos religiosos atacados y destruidos total o parcialmente fueron: La iglesia parroquial de Nuestra Señora del Socorro, la ermita de la Concepción, la ermita de la Santa Cruz, el Calvario, la cruz cubierta de la calle de la Cruz y la cruz cubierta de Orihuela.

En relación a la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Socorro, puede leerse en la documentación que un nutrido grupo de personas, jóvenes en su mayoría ( de quienes se desconocía la identidad), derribaron las puertas del templo parroquial y se entregaron al saqueo y la destrucción de la ornamentación interior. En un lugar distante aproximadamente dos kilómetros del casco urbano fueron quemados los objetos e imágenes religiosas. El templo fue usado durante la contienda como garaje y almacén o depósito de intendencia para el calzado.
La ermita de la Concepción fue asaltada el mismo día que la iglesia y por el mismo grupo de personas, siendo destruidas todas las imágenes y la ornamentación interior del oratorio. En tiempo de guerra se utilizó como almacén de abastos.
Enclavada en lugar elevado en uno de los extremos del pueblo, la ermita de la Santa Cruz fue derribada y destruida totalmente. También el oratorio del Calvario ubicado en el centro de la población (lugar conocido como “los banquicos”) fue saqueado y destruido.
Por último, la Causa General habla de la suerte que corrieron las dos cruces cubiertas (cruces de término) existentes en el pueblo desde antiguo, una en un extremo de la Calle de la Cruz y la otra (más antigua que la primera) al final de la calle Castelar, conocida como Cruz de Orihuela. Ambas fueron derribadas y arrasadas por completo. Sobre la Cruz de Orihuela la documentación destaca que era una “verdadera joya de arte, habiendo asistido al acto de la bendición de la misma el inmortal religioso fray Luis de León”.


[1] Cfr. ESPAÑA. MINISTERIO DE CULTURA. SECCIÓN FISCALÍA DEL TRIBUNAL SUPREMO DEL AHN, CAUSA GENERAL, 1396, EXP.12.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Carta de un patriota de vida licenciosa


Hace doscientos años, el 2 de mayo de 1808, el pueblo de Madrid se alzaba contra el invasor francés. Era el comienzo de la llamada Guerra de Independencia. La lucha contra los ejércitos napoleónicos que ocupaban la Península se iba a prolongar durante seis interminables años.
En mayo de 1809 un anónimo vecino de Aspe que decía llevar una vida ociosa y llena de vicios (y digo “decía” porque se puede sospechar de alguien que en realidad no sería ni tan anónimo ni tan crápula) escribió una sorprendente carta a la Junta Central de Gobierno proponiendo la creación de un ejército de hombres de su misma condición, algo así como un ejército del hampa, un "exercito de viciosos", que invadiese la enemiga Francia. Esta tropa de malhechores con la debida instrucción militar se convertiría en una fuerza temible capaz de poner en jaque a las tropas de Napoleón en el mismísimo corazón del Imperio. A continuación, la transcripción de la misiva:

" Señor soy vasallo de V.M. con vanidad de poser esta suerte, soy esclavo de mi Sor. y Rey que Dios guarde D. Fernando septimo y de la Patria y me afligen al mismo tiempo las inevitables desgracias de mi personal condicion, pues soy visioso que poseo sobre todo el ocio y la ninguna aficion al trabajo empleado por lo comun en el juego criminal tratos ilicitos torpes y escandalosos tanto que quando en algunos intervalos medito el estado de mi vida yo mismo me sentencio la causa pero estas reflecciones me son tan pasajeras que nunca me anecho mudar de vida y asi es que mantenido en los propios vicios no puedo negarne ser la polilla del Pueblo. Me formo yo mismo dha acusacion por que teniendo los mayores sentimientos del estado de la Patria y que ya en sacrificio se ansacado todos los mozos solteros de la mejor conducta para el servicio de las Armas, no se eche la mano de personas de mi condicion con cuya determinación se lograria dar fuerza al Exto. y quitar al pueblo la polilla que le invilese cuyo ramo bien ejercitado seria poco juntar quarenta mil hombres los que si se destinasen a una invasión en el territorio enemigo, solo por husar de sus inclinaciones viciosas serian los mas fuertes y los que mas confusion causarian. Este exercito de viciosos governado por el metodo de los Honrados, seria aumentar los males por que por descontado la dicercion seria inevitable y por consiguiente inundarse la tierra de malhechores y salteadores de caminos pero si a estos hombres se les disciplina en el manejo del Arma en el encierro de cualquiera parte y de aquí salen a parajes remotos que no les sea facil bolverse a su Pais, como seria si les invadiesen en territorio enemigo quedarian transformados y reportarian la mejor hutilidad en ambos extremos indicados. V.M. mas sabiamente tendra presente el impulso de lo contenido en este papel para disponer lo que la superior penetración de V.M. tenga previsto sobre ello indultando de esta accion y atrevimiento de poner en la concideracion de V.M. al Exponente que ocupado continuamte. su juicio en los medios de salvar a la Patria, es el primero que se constituye reo pero reconciliado para conseguir la independencia con mayores ventajas. Dios guarde la mas interesante vida de V.M. para el consuelo y gobierno de sus vasallos. Aspe y mayo 10 de 1809."

(Archivo Histórico Nacional, ESTADO, 50, C.)

martes, 29 de julio de 2008

Las hogueras carlistas


Los conflictos cainitas, las guerras civiles, los enfrentamientos entre compatriotas han caracterizado la historia contemporánea de España. Para conocer buena parte de lo que hemos sido y hemos hecho los españoles a lo largo de las dos últimas centurias, basta con contemplar la pintura de Francisco de Goya titulada “Duelo a garrotazos”. Con el pincel y sin palabras, Goya dibuja en el lienzo todo un tratado de historia. Sobre un paisaje montañoso, áspero, duro, hostil, salvaje, bajo un cielo que va cubriéndose de nubes negras de tormenta, se ve a dos individuos ensombrecidos por la creciente tiniebla, desdibujándose, diluyéndose... desapareciendo. Dos seres hirsutos, indómitos, embrutecidos. Son sus atuendos el único atisbo de humanidad que les queda. Son dos hombres-lobo esgrimiendo garrotes. Están enterrados hasta la rodilla, atrapados, hundidos en el lodo del odio que los inmoviliza y los engulle. Son dos hermanos a punto de asesinarse. Son dos españoles dirimiendo sus diferencias.

En 1872 comenzaba la Tercera Guerra Carlista. El pretendiente al trono español Carlos María – Carlos VII para los carlistas- se enfrentó sucesivamente a Amadeo I, a la República y, por último a Alfonso XII, en una larga contienda que finalizó con la toma de Estella en 1876. Los escenarios principales del conflicto fueron las Vascongadas, Navarra, la fachada este peninsular (Cataluña, Aragón y Valencia) y algunas zonas aisladas y agrestes de Castilla la Nueva y Andalucía.
En las comarcas alicantinas operaron varias partidas carlistas (Larroche, Aznar), pero la más intrépida y temida fue la del coronel jumillano Miguel Lozano.
En Aspe, igual que en otros muchos lugares, se había creado el cuerpo de Voluntarios de la República. Era una milicia integrada mayoritariamente por jornaleros con la misión de garantizar el orden, enfrentarse a cualquier partida carlista que apareciese por el término o auxiliar a aquellas localidades vecinas que pidiesen ayuda. En respuesta a una solicitud del ayuntamiento, el Jefe de Orden Público de la provincia había entregado a las autoridades locales cien fusiles, otras tantas bayonetas y tres cajones con mil cartuchos cada uno para dotar al contingente. El 8 de junio de 1873 se proclamaba en los balcones del Ayuntamiento de Aspe la República. Las dos compañías de Voluntarios con sus jefes y oficiales formaban en la plaza.
Desde finales de agosto, comenzarían a establecerse retenes y rondas de guardia en la población. Una columna de guardias civiles y carabineros que perseguía a la partida de Aznar pernoctó en la villa el día uno de septiembre.
El temor a una incursión iba creciendo conforme pasaban los días y se iban recibiendo noticias de lo que sucedía en otros lugares. Ante este permanente estado de amenaza, el ayuntamiento decidió tomar una serie de medidas de carácter defensivo encaminadas a proporcionar seguridad y tranquilidad al vecindario y a disuadir cualquier amago carlista. Había que fortificar la entradas y salidas del pueblo. A tal fin, se creó una comisión municipal formada por el tercer teniente de alcalde y los regidores José Pujalte y Rafael Pérez, quienes, en unión con el maestro alarife (albañil), designarían los puntos de la población donde debían construirse tapias con aspilleras (huecos para disparar) o colocarse puertas, procurando, al mismo tiempo ,que estas obras no entorpecieran la actividad agrícola y comercial de la villa. En las actas de pleno se habla, por ejemplo, de una puerta de dos hojas en la tapia del callejón del Lavadero de la Lana ( cerca de la plaza de San Juan); de otra tapia en la calle de la Vereda; de los gastos ocasionados por la colocación de cerrojos y herrajes en las puertas y portillos de la villa; de un retén de guardia en la calle de Orihuela; del esfuerzo económico que se estaba realizando en el mantenimiento del orden público, el sostenimiento de la tropa y la asistencia a los voluntarios que caían heridos en las batidas contra los carlistas...
Así y todo, en octubre de 1874, la partida del coronel Lozano entró en Aspe. Tras el saqueo de las dependencias municipales, los carlistas encendieron en la noche del 9 de octubre sendas hogueras en medio de la plaza y en la antesala de la Casa Consistorial donde se quemaron el registro civil, algunos libros de actas municipales y los quepis y correajes de los Voluntarios de la República. Antes de abandonar la población, los carlistas no se olvidaron de cobrar un “impuesto” o contribución de guerra que se vieron obligados a satisfacer algunos vecinos acomodados.

jueves, 24 de julio de 2008

Diciembre de 1930


Hace mucho tiempo, cuando mis abuelos eran niños todavía, la actual Avenida de la Constitución se llamó Avenida de las Víctimas del 18 de Diciembre.
La historia se ha escrito - sigue escribiéndose- en letras rojas de sangre. Nunca supimos gobernarnos, nunca supimos hacer ninguna revolución, nunca supimos elegir bando porque siempre, siempre, hubo víctimas. Ocurre que los hombres no sabemos, no podemos o no queremos hacerlo mejor. Y no se observan síntomas de mejoría.

A finales de enero de 1930 el general Miguel Primo de Rivera presentaba su dimisión al rey Alfonso XIII. La dictadura había acabado con el prestigio de la monarquía y los opositores republicanos comenzaban a soñar con la caída del rey y la instauración de un régimen republicano en España. El movimiento obrero adquiría cada vez más fuerza y utilizaba el arma de la huelga para conseguir sus objetivos y poner en jaque a los débiles gobiernos que sucedieron al de Primo de Rivera. En agosto, se reunieron en la ciudad de San Sebastián representantes de diversas fuerzas políticas contrarias a Alfonso XIII para adoptar las líneas de acción que condujeran a una república parlamentaria. Del llamado Pacto de San Sebastián salió el compromiso de formar el Comité Revolucionario Nacional que asumiría la dirección del proceso. Fundamentalmente, todo consistía en provocar un pronunciamiento militar que, unido a la huelga general, lograse acabar con la Monarquía. El Comité eligió para el levantamiento la fecha del 15 de diciembre, pero los militares republicanos de la guarnición de Jaca se adelantaron, sublevándose el día 12. La precipitada rebelión de Jaca fracasó y los cabecillas fueron ejecutados.
El día 15, efectivamente, la huelga estalla en muchos lugares, sobre todo en el Levante y Aragón.
Aspe, además de unirse a la sublevación siguiendo las consignas del Comité, llegó a proclamar la República, hecho que puede explicar la dura represión del movimiento insurreccional en nuestra localidad. Los días 15, 16 y 17 transcurrieron relativamente tranquilos, pero el 18 de diciembre resultó trágico. Ese día, un grupo de guardias civiles abrió fuego contra los manifestantes causando varios muertos y heridos. Poco después, intervino la Legión, aplastando la revuelta y tomando el control de la villa. Sofocada la sublevación, se desarmó al vecindario y se practicaron numerosas detenciones entre los insurgentes. Los principales dirigentes revolucionarios de la localidad fueron conducidos a la prisión de Alicante, de donde no saldrían hasta el triunfo republicano. Los periódicos más importantes del país se hicieron eco de los acontecimientos de Aspe.

Tras la proclamación de la II República en abril de 1931, se había constituido en Aspe un gobierno local republicano. Las nuevas autoridades municipales querían esclarecer los sucesos del mes de diciembre, identificar a los responsables civiles o militares y conducirlos ante la justicia. En la sesión del pleno de 24 de septiembre de 1931 (1), la corporación municipal aprobaba un escrito dirigido al Presidente de la Comisión de Responsabilidades y a los señores diputados de la provincia, en el que se ofrecía una versión de los hechos acaecidos en la población durante aquellos convulsos días. En el acta de la sesión se narra así lo sucedido:

Exmo. Sr., Aspe, llevado de su espíritu republicano, tomó parte unánime y activa en los sucesos revolucionarios del pasado diciembre, obedeciendo las órdenes del Comité; el quince de dicho mes se declaró la huelga general que continuó hasta el día diez y siete del mismo, sin que durante dichos días ocurriese el menor incidente, siendo el paso absoluto y garantizando el orden los mismos elementos revolucionarios, los cuales se vieron sorprendidos el día diez y ocho del referido mes cuando pacíficamente y en gran número por el estado de huelga transitaban por la Plaza del pueblo con la presencia de un autobús que conducía doce guardia civiles y un teniente del mismo Instituto, los cuales, sin previo aviso, y emboscados en el mismo coche, hicieron numerosos disparos contra el vecindario, para momentos después seguir disparando una vez descendidos del auto, originando tres muertos, entre ellos, una niña de tres años de edad, y numerosos heridos, muchos de ellos graves, por cuyo motivo tuvieron que sufrir amputaciones de miembros. Ante el asombro y la consternación del vecindario, atravesaron la población las referidas fuerzas disparando contra todo transeúnte y en retirada ante el pánico que les infundiera un enemigo imaginario, hasta el extremo de haber causado la muerte de un pobre posadero en el preciso momento en que éste cerraba las puertas de su casa. Y como si esto fuera poco, a las dos horas se veía invadida la población por numerosas fuerzas de la Guardia Civil y una Bandera del Tercio que acordonaron la población y ante el pánico del vecindario, que tenía las casas cerradas, obligaron a abrirlas convocándoles a la plaza pública donde maltrataban y amenazaban a los vecinos para que gritasen ¡viva el Rey! Para justificar, sin duda, su desdichada actuación, el comandante de la fuerza publicó un bando requiriendo al vecindario para que entregase toda clase de armas, intimidando con registros domiciliarios, y los vecinos entregaron las escopetas de caza de que disponían y de una manera cobarde y falsamente, se informaba a las autoridades de los sucesos diciendo que el pueblo estaba armado y haciendo fuego y que habían recogido dos sacos de escopetas y pistolas; telegramas inexactos y tendenciosos que eran glosados por la prensa de la derecha especialmente “El Debate”. Todos estos hechos más o menos desvirtuados se hicieron públicos por la prensa de aquellos días. No terminó aquí el calvario de los vecinos de esta villa. La misma noche y valiéndose seguramente de la delación de los enemigos personales y políticos de la localidad eran trasladados a la cárcel de Alicante todos aquellos hombres de alta o baja condición social que eran conocidos como republicanos y víctimas de la Dictadura los cuales fueron vejados, injuriados, incluso atormentados por la Guardia Civil, sufriendo la cárcel hasta el día de la proclamación de la República…

(1) Archivo Municipal de Aspe, Actas de Pleno, 1931-1932, fol. 54v y ss.

martes, 1 de julio de 2008

El siglo XIX

Para aproximarnos al Aspe del siglo XIX vamos a fijarnos someramente en los aspectos demográficos, económicos, sociales y políticos del momento.

La población absoluta experimentó un lento crecimiento a lo largo de la centuria. En la suma de varios factores encontramos la explicación a este estancamiento demográfico: las altas tasas de mortalidad (sobre todo infantil), las epidemias, las crisis de subsistencia, la emigración, una sanidad deficiente…
Atendiendo a los Registros Civiles, aparecen como principales causas de mortalidad: el pasmo, la alferecía y el sarampión para la etapa infantil; el asma, la apoplejía, el sobreparto y la tisis entre los adultos y otras de carácter epidémico y esporádico como las calenturas, la viruela y el cólera. Aspe sufrió el azote del cólera en 1834, otra vez en 1854-55 y con más virulencia en 1885. Una de las medidas sanitarias que adoptó la corporación municipal durante esta última epidemia fue trasladar el cementerio fuera de la población.
Debido a la falta de trabajo, la pobreza, el hambre o la persecución política, muchos aspenses se vieron obligados a marchar a otros lugares. Fuera de nuestras fronteras el destino preferido por los emigrantes fue “el África francesa”, especialmente Argelia.

La agricultura seguía siendo la protagonista principal de la economía. Los frutos de la huerta y del campo constituían la principal riqueza de la villa. La pertinaz sequía, el pedrisco, las heladas o las lluvias torrenciales podían arruinar los sembrados y sumir en la indigencia a buena parte de la población. Cuando las cosas pintaban mal, los vecinos de Aspe traían en rogativa desde su santuario de Hondón a la Virgen de las Nieves para implorar el auxilio del cielo.
La única industria de la que podemos hablar era la dedicada a la transformación de los productos agrícolas, predominando - como ya vimos en la entrada anterior- la elaboración del vino y el aguardiente.

La realidad social de Aspe en el XIX viene determinada por la existencia de dos grupos: los propietarios-labradores y los asalariados-jornaleros. Los primeros acaparan la propiedad de la tierra y ejercen el control de la política municipal. Los segundos serán aguijoneados por la pobreza y el hambre cada vez que falte el trabajo o se encarezcan los productos de primera necesidad en épocas de malas cosechas.
En los momentos de crisis resurge el bandolerismo. Jaime Alfonso “el Barbudo” es el bandolero más famoso de estas comarcas, aunque no el único. Los bandidos acechaban los caminos, asaltando cuando se les presentaba la ocasión a comerciantes y viajeros. También menudearon las incursiones de forajidos sobre propiedades y haciendas. Para luchar contra la rapiña y los asesinatos se autorizó la posesión de armas de fuego y se crearon partidas de escopeteros con la misión de realizar batidas en los montes cercanos. En 1832 son condenados a recibir garrote cinco bandidos “acusados de ladrones en cuadrilla y otros excesos”. Fueron ejecutados en la Plaza Mayor.

El siglo XIX deparó muchas más cosas: la segregación de Hondón de las Nieves en 1839, la emancipación del dominio señorial a principios de la década de los 50, el ferrocarril que nunca llegó a Aspe, la incidencia de las guerras carlistas, las iniciativas de modernización, etc.

Datos personales

Aspe, Alicante, Spain
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